




En la hora en que todos sonríen
suelo ir en güagüa,
escuchar la radio con audífonos
para evitar molestias,
los ojos muy abiertos
por si revolotea el asombro
sobre este mar pleno.
Lentamente,
se va perdiendo el gusto
del café de hace un rato
en lucha con el sabor del mojo de cilantro
que acompañó el almuerzo;
y los rientes me rodean, conversan.
Entre tantos, a un lado,
veloz pasa algún coche,
conductor de rostro agrio y silente.
Sanago
Mayo, 2000.
